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GANADOR CATEGORÍA F DEL CONCURSO DE CUENTOS "VALENTINA VENTURA"

Cultura Tauste
Desde: 09-06-2021 Hasta: 30-09-2021

Ganador: Toni Ansó Cabrera 16 años

ADIÓS

Sentado en una silla, rodeado por cuatro paredes frías, solo esperaba que alguien gritara mi nombre y me dijera que ella se iba a recuperar. Pasos de aquí para allá, de allá para acá. Quería cerrar los ojos, despertarme de nuevo en mi casa y estar con mi familia, pero no podía. El ruido exterior de los coches pasando y los sollozos de la gente no me dejaban aislarme de este mundo. Echaba de menos mi vida de antes, mis aburridos días en los que solo estudiaba y en los que me quejaba por todo. Sin embargo, eso no era posible. La sala vacía en la que me encontraba, por desgracia, era real.

No sé cuántos días llevaba en ese hospital. Cinco. Quizá seis. Prefería no saberlo. Médicos y enfermeros me decían que me marchara, que ya me llamarían cuando vieran mejoras en ella, pero yo me negaba. Pasaban las noches, pasaban los días. Todavía no entendía ni el cómo ni el por qué habíamos acabado aquí, o más bien, no quería entenderlo. Cansado ya de todo, bajé a la cafetería a desayunar como hacía normalmente estos últimos días. Un café caliente y un croissant fue lo que pedí. Me senté en un banco fuera del hospital, me bajé la mascarilla y traté de comer, pero la pena que llevaba conmigo me hizo un nudo en el estómago y tuve que dejar el desayuno a mitad. En ese momento miré el móvil. Seis y media de la mañana, cero llamadas. Al parecer, para bien o para mal, todo seguía igual. Respiré profundamente el aire fresco de la calle, dejé el vaso de café en el suelo y me dirigí a aquella fría sala, con la confianza de que todo lo malo ya hubiera pasado.

Sentado de nuevo en aquella silla desangelada, alguien gritó mi nombre. Ese grito era lo que llevaba esperando toda la semana y sin embargo, ahora la desesperación, el miedo y la tristeza abundaban en mí. Me levanté y me dirigí al doctor que en ese momento me estaba llamando. Este clavó su mirada en mí y con una voz seria a la vez que apenada me dijo que la mujer a la que tanto cariño le tenía no viviría más allá de unas horas, un día como mucho. En ese instante mis piernas empezaron a temblar y de un momento a otro mis rodillas se clavaron en el suelo. Suplicando pedí que me dejaran verla, pero no me lo permitieron. Una enfermera que pasaba por allí, abatida al escuchar la situación en la que me encontraba, se agachó para intentar calmar mis lloros y tras dirigirse hacia a mí con varias palabras de consolación, me abrazó. Por muchas cosas que me dijera, para mí solo eran palabras vacías. Y por egoísta que suene, yo no quería ese abrazo, no quería el abrazo de una desconocida. Quería un abrazo de ella, de mi madre. Quería verla feliz de nuevo mientras cocinaba, mientras paseaba, mientras trabajaba. Únicamente, mi deseo era volver a estar junto a ella.

Entre lágrimas cogí mi abrigo negro el cual había dejado en la silla el primer día que llegué y llamé al ascensor ya con la intención de marcharme. Sin embargo, antes de irme vi algo extraño en una de las ventanas que daba a la calle. Por un momento pensé que estaba soñando, o incluso que me estaba volviendo loco, pero no, estaba totalmente seguro de lo que vi. Era ella, era mi madre y estaba en aquel cristal como si fuera un reflejo. Ojalá ese reflejo hubiera sido real, pero eso era imposible ya que ella se encontraba casi en un estado de coma en una camilla a unos pocos metros de mí, aislada, con la única compañía de un cardiograma y unos tubos que le proporcionaban oxígeno. Por mucho que me duela decirlo, esa falsa ilusión fue lo más cerca que estuve de volver a verla sonreír. Sin embargo, parecía como si quisiera despedirse de mí. Pero eso no era nada más que una mentira. Estaba empezando a delirar. Quizá fuera la falta de sueño, quizá fuera la tristeza que se apoderaba de mí o quizá fuera la desesperación por verla. Mientras tanto, a pesar de estar contento por haberla visto de nuevo, mi rostro no mostraba felicidad. Mis ojos verdes que un día expresaron alegría y esperanza, ahora estaban cubiertos de lágrimas y a su vez, yo estaba roto por dentro.

El dolor y la pena que cargaba en mi interior se fusionaron y mi cuerpo explotó en un cúmulo de sentimientos. Dejé atrás el ascensor y salí corriendo. Médicos, doctores y enfermeros trataron de pararme pero mi ira y el pensamiento de no volver a verla nunca más eran más fuerte. Yo seguía corriendo. Sentía que cada vez el pasillo se hacía más y más largo, era como si no tuviera final. Llegué por fin a la habitación en la que se encontraba mi madre y sin reparo alguno abrí la puerta. Ahí estaba ella, acostada en la camilla con los ojos cerrados, intubada y a punto de ser desconectada. En ese momento pude ver que acababa de perder a la persona que más quería en el mundo. Ella fue la persona que me dio la vida, y ahora yo tenía que ver como se la quitaban. En mi cabeza solo podía preguntarme por qué tenía que pasarle esto. ¿Por qué no podía ser a otra persona? Alguien tan joven no merecía tal condena como la muerte. ¿Acaso mi madre había hecho algo tan malo como para que Dios la tuviera que castigar de esta forma?

Estremecido y sin apenas ya motivos que me dieran una razón para seguir viviendo, me acerqué a ella. Entre lágrimas y con la voz ronca, se me paró el corazón y agarrando su fría mano, solo pude decirle adiós a su cuerpo, pues su luz que antes brillaba como el sol ya se había apagado y a su vez, su alma me había dejado. En ese instante me di cuenta de que aquel reflejo, tristemente, no había sido una ilusión. Yo no había podido despedirme de ella, pero ella de mí, sí.

ADIÓS

Sentado en una silla, rodeado por cuatro paredes frías, solo esperaba que alguien gritara mi nombre y me dijera que ella se iba a recuperar. Pasos de aquí para allá, de allá para acá. Quería cerrar los ojos, despertarme de nuevo en mi casa y estar con mi familia, pero no podía. El ruido exterior de los coches pasando y los sollozos de la gente no me dejaban aislarme de este mundo. Echaba de menos mi vida de antes, mis aburridos días en los que solo estudiaba y en los que me quejaba por todo. Sin embargo, eso no era posible. La sala vacía en la que me encontraba, por desgracia, era real.

No sé cuántos días llevaba en ese hospital. Cinco. Quizá seis. Prefería no saberlo. Médicos y enfermeros me decían que me marchara, que ya me llamarían cuando vieran mejoras en ella, pero yo me negaba. Pasaban las noches, pasaban los días. Todavía no entendía ni el cómo ni el por qué habíamos acabado aquí, o más bien, no quería entenderlo. Cansado ya de todo, bajé a la cafetería a desayunar como hacía normalmente estos últimos días. Un café caliente y un croissant fue lo que pedí. Me senté en un banco fuera del hospital, me bajé la mascarilla y traté de comer, pero la pena que llevaba conmigo me hizo un nudo en el estómago y tuve que dejar el desayuno a mitad. En ese momento miré el móvil. Seis y media de la mañana, cero llamadas. Al parecer, para bien o para mal, todo seguía igual. Respiré profundamente el aire fresco de la calle, dejé el vaso de café en el suelo y me dirigí a aquella fría sala, con la confianza de que todo lo malo ya hubiera pasado.

Sentado de nuevo en aquella silla desangelada, alguien gritó mi nombre. Ese grito era lo que llevaba esperando toda la semana y sin embargo, ahora la desesperación, el miedo y la tristeza abundaban en mí. Me levanté y me dirigí al doctor que en ese momento me estaba llamando. Este clavó su mirada en mí y con una voz seria a la vez que apenada me dijo que la mujer a la que tanto cariño le tenía no viviría más allá de unas horas, un día como mucho. En ese instante mis piernas empezaron a temblar y de un momento a otro mis rodillas se clavaron en el suelo. Suplicando pedí que me dejaran verla, pero no me lo permitieron. Una enfermera que pasaba por allí, abatida al escuchar la situación en la que me encontraba, se agachó para intentar calmar mis lloros y tras dirigirse hacia a mí con varias palabras de consolación, me abrazó. Por muchas cosas que me dijera, para mí solo eran palabras vacías. Y por egoísta que suene, yo no quería ese abrazo, no quería el abrazo de una desconocida. Quería un abrazo de ella, de mi madre. Quería verla feliz de nuevo mientras cocinaba, mientras paseaba, mientras trabajaba. Únicamente, mi deseo era volver a estar junto a ella.

Entre lágrimas cogí mi abrigo negro el cual había dejado en la silla el primer día que llegué y llamé al ascensor ya con la intención de marcharme. Sin embargo, antes de irme vi algo extraño en una de las ventanas que daba a la calle. Por un momento pensé que estaba soñando, o incluso que me estaba volviendo loco, pero no, estaba totalmente seguro de lo que vi. Era ella, era mi madre y estaba en aquel cristal como si fuera un reflejo. Ojalá ese reflejo hubiera sido real, pero eso era imposible ya que ella se encontraba casi en un estado de coma en una camilla a unos pocos metros de mí, aislada, con la única compañía de un cardiograma y unos tubos que le proporcionaban oxígeno. Por mucho que me duela decirlo, esa falsa ilusión fue lo más cerca que estuve de volver a verla sonreír. Sin embargo, parecía como si quisiera despedirse de mí. Pero eso no era nada más que una mentira. Estaba empezando a delirar. Quizá fuera la falta de sueño, quizá fuera la tristeza que se apoderaba de mí o quizá fuera la desesperación por verla. Mientras tanto, a pesar de estar contento por haberla visto de nuevo, mi rostro no mostraba felicidad. Mis ojos verdes que un día expresaron alegría y esperanza, ahora estaban cubiertos de lágrimas y a su vez, yo estaba roto por dentro.

El dolor y la pena que cargaba en mi interior se fusionaron y mi cuerpo explotó en un cúmulo de sentimientos. Dejé atrás el ascensor y salí corriendo. Médicos, doctores y enfermeros trataron de pararme pero mi ira y el pensamiento de no volver a verla nunca más eran más fuerte. Yo seguía corriendo. Sentía que cada vez el pasillo se hacía más y más largo, era como si no tuviera final. Llegué por fin a la habitación en la que se encontraba mi madre y sin reparo alguno abrí la puerta. Ahí estaba ella, acostada en la camilla con los ojos cerrados, intubada y a punto de ser desconectada. En ese momento pude ver que acababa de perder a la persona que más quería en el mundo. Ella fue la persona que me dio la vida, y ahora yo tenía que ver como se la quitaban. En mi cabeza solo podía preguntarme por qué tenía que pasarle esto. ¿Por qué no podía ser a otra persona? Alguien tan joven no merecía tal condena como la muerte. ¿Acaso mi madre había hecho algo tan malo como para que Dios la tuviera que castigar de esta forma?

Estremecido y sin apenas ya motivos que me dieran una razón para seguir viviendo, me acerqué a ella. Entre lágrimas y con la voz ronca, se me paró el corazón y agarrando su fría mano, solo pude decirle adiós a su cuerpo, pues su luz que antes brillaba como el sol ya se había apagado y a su vez, su alma me había dejado. En ese instante me di cuenta de que aquel reflejo, tristemente, no había sido una ilusión. Yo no había podido despedirme de ella, pero ella de mí, sí.



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